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lunes, 27 de febrero de 2017

Destino



Ahí va la propuesta de hoy. Luego comento...



¿Qué os parece? Walt Disney encargó la realización de un cortometraje animado a Salvador Dalí en 1946. Iba a ser uno más de los cortometrajes que conformarían Fantasia, aunque el proyecto finalmente no cuajó y sólo se rodaron unos veinte segundos. En 2003, partiendo de los bocetos y las indicaciones que Dalí había dejado para su realización, el cortometraje fue retomado, bajo la dirección de Dominique Monféry.

Pero en realidad, el vídeo es un pretexto. No sé si se habrán percatado de la presencia de un reloj de sol en el cortometraje, enfrente de la representación de Cronos. Ese era el arcano. Algo personal: una búsqueda antigua, para un proyecto que se quedó inconcluso. Aquí, podéis ir echando un vistazo.


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domingo, 8 de enero de 2017

Planos y ángulos en una historia de detectives

El otro día, en un primer acercamiento, me referí a planos y ángulos. Pues qué mejor que verlo de la mano de maestros, y digamos que la de Wyler está fuera de toda duda.

Toda la historia de Detective Story (Brigada 21, 1951) transcurre en la Comisaría 21 de Manhattan (Nueva York). El trabajo de Wyler debe ser excepcional, y ello por dos motivos: se trata de un único escenario (a excepción de unas pocas imágenes rodadas en los exteriores de la comisaría); y además porque adapta al cine una obra de teatro. Dos dificultades para llevarla a la gran pantalla, que debe saldarse con un buen manejo de la puesta en escena (hay abundante reparto condensado en un escenario único de pequeñas dimensiones) y, obviamente, con un uso eficaz de la cámara que dé coherencia fílmica a una obra escrita para los escenarios de Broadway.

Alabanzas aparte al trabajo de dirección, son igualmente reseñables el trabajo de todo el reparto (sin olvidar a los imprescindibles secundarios), la estupenda fotografía de Lee Garmes, y las buenas cualidades del propio guión.


En este fotograma podemos ver a la pareja protagonista. En primer plano está el agente McLeod (Kirk Douglas), de pie y con la mirada baja. Hombre incorruptible, de fuertes principios. Estos mismos principios son los que le están ahogando, manteniendo una lucha interna entre la prevalencia de un rigor moral inflexible o la compasión humana de la que carece. En segundo plano, sentada, está Mary (Eleanor Parker). Poco sabíamos de ella hasta esta escena: que es su mujer, y que la pareja está profundamente enamorada. Pero un hecho viene a alterar la apacible convivencia de la pareja. Se ha descubierto que ella esconde un pasado, se lo confiesa a su marido, y deciden encerrarse en una habitación para hablar. Wyler resuelve esta escena mediante el uso de un picado, mostrando la superioridad moral del agente McLeod y el sentimiento de culpa de Mary.
Ésta es la resolución de Wyler, un director al que se le ha "acusado" de ser extremadamente formal, de no imprimir un sello personal, de autor, a su filmografía. Se podía haber tomado partido. Se podía no haber usado el picado, para defender la difícil situación de Mary. Se podía usar un plano medio para poner a la pareja en "igualdad de condiciones". Pero Wyler, en este momento preciso de la película, decide hacer prevalecer esta superioridad moral del agente McLeod, porque así lo sienten ambos. El posterior desarrollo de la película nos revelará en qué queda todo. Wyler no anticipa el guión, no defiende el caso, no es juez. Únicamente, y no es poco, acompaña la evolución psicológica de sus actores. Veamos la siguiente escena, abundando en lo mismo:


Aquí veremos la misma intención, esta vez mediante el uso de un contrapicado. Arthur (Craig Hill) es un delincuente que ha sido detenido por cometer un robo. Todo apunta a una estupidez de enamorado, aunque él está decidido a afrontar lo que se le viene encima. Moralmente, Arthur se sentía fuerte hasta la escena del fotograma. Irrumpe con fuerza el personaje de Cathy (Susan Carmichael), que intercede por él, lo avala, y logra convencer del arrepentimiento de Arthur y su auténtica bondad al detective Brody (magnífico William Bendix), no así a McLeod, que no es capaz de discernir si es más justo el perdón que el castigo, según las ocasiones.
Wyler incide de nuevo en el aspecto expresivo de la angulación, remarcando el detalle de las cadenas, del bajón moral de Arthur y de la abnegada Cathy, que lucha por sacar del atolladero a su amigo, del que siempre ha estado enamorada, aunque él nunca la había visto más que como una amiga que siempre estaba ahí.


Pero no todos van a ser picados y contrapicados. Su carácter suele ser muy expresivo, pero contribuyen poco al desarrollo narrativo. En este plano general podemos ver a la anterior pareja (al fondo), al detective Brody (en medio), y en un primer plano a un "auténtico" par de sinvergüenzas. El detective viene de propinarle un par de patadas a Charley (Joseph Wiseman), que se contrae de dolor. Si nos fijamos bien, al fondo, sobre la pared, aparece un cartel que habla de la "cortesía" con la que atiende el personal de la comisaría.
Es en estos planos medios donde Wyler se luce. Al fondo, un desesperado Arthur mira a Charley, el sinvergüenza que le acaba de recordar cómo acabará él después de pasar una temporadita en la trena. Cathy se fija, sin embargo, en la que puede ser su única tabla de salvación: el detective Brody, que está convencido de la bondad natural de Arthur. La otra mirada es la que le echa Lewis (Michael Strong) a su compañero de fechorías. Poco le importa la suerte de su amigo, con el que acaba de negociar quién se llevará unos dólares de más del último golpe, subrayando así la bajeza moral en la que ambos personajes se mueven.

Sí, y todo ello en un solo plano.

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viernes, 6 de enero de 2017

Los primeros pasos animados de David Lynch

Me gustan los desvelos del señor Lynch. Ya sé que a veces es un poco plasta. Le ocurre a todos los surrealistas (cuando lo son), bucean en el fondo de sí mismo intentando conectar con un yo universal, un sustrato humano reprimido común a todos nosotros. Pero, más allá del interés antropológico que me pueda despertar, son más las casualidades que la existencia de una taxonomía universal del inconsciente.

Propongo bucear, no en el yo universal, pero sí en el elemental animado de David Lynch.

Era el año 66, el director realizó para la Pennsylvania Academy of Fine Arts donde estudiaba su primer cortometraje, ganando el certamen anual. Se trataba de una pieza animada que tituló Six Men Getting Sick (Seis hombres poniéndose enfermos). La información que encuentro en Internet es bastante confusa. Por una parte, Lynch describe el cortometraje como "cincuenta y siete segundos de desarrollo y pasión y tres segundos de vómito", lo que nos da la idea de una pieza de un minuto. Por otra parte, las fichas de la película (en IMDB o Filmaffinity) le dan una duración de cuatro minutos. El vídeo que pongo a continuación reza: Six Men Getting Sick (Six times), es decir, repite la misma pieza seis veces. Expreso aquí mi duda, y me decanto más bien por la versión de un minuto. Las repeticiones se deben, a mi parecer, a cierto trucaje para evitar el copyright. En cualquier caso, el vídeo no es gran cosa, con un minuto tenéis más que suficiente (por si hay dudas: termina con las seis figuras vomitando).




Mucho más interesante me parece este segundo cortometraje, realizado con el dinero que obtuvo por el premio del precedente un par de años más tarde. Combina técnicas de animación con interpretaciones reales. La actriz, Peggy Lynch, tiene una pesadilla en la que el alfabeto se vuelve protagonista indiscutible.



Un comentario que leí en youtube me parece la mejor forma de definirlo:
This is how Marilyn Manson learns the alphabet.

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miércoles, 4 de enero de 2017

Nacionalismos emergentes

En 1943, Zoltan Korda se puso manos a la obra con esta película propagandística, que ensalza las bondades de la camaradería aliada mediante el retrato de un pequeño grupo de soldados que, llegado el momento, se plantan junto a una ruina en el desierto con el fin de detener a un batallón nazi. Las apuestas son de cincuenta a uno, así que, viéndolas venir, no estaría de mal apostar ingentes cantidades monetarias por los vencedores de la contienda. Korda se aplica y logra un buen trabajo, con una fotografía excelente a cargo de Rudolph Maté y un conseguido elenco de secundarios que corean a su improvisado líder, el siempre carismático Humphrey Bogart.

Y ni más ni menos que Korda le atribuye a esta soñada heroica resistencia la victoria de El Alamein. Para descubrir las virtudes de la película, primero hay que quitar la paja:
  • Es paja las cordiales relaciones entre británicos y norteamericanos, que proveen de cigarrillos a este improvisado grupo -en especial al francés que alaba las bondades de los pitillos americanos. Tan cordiales son que el sargento británico no duda ni por un instante ponerse al servicio del sargento americano.
  • Es paja la inclusión del soldado sudanés. Remarca el tema del racismo nazi, y lo erige en su vengador.
  • Es paja el francés comiendo queso y bebiendo vino.
  • Es paja el retrato plano del ejército nazi.
  • Es paja el italiano que defiende a Mussolini y despotrica de Hitler.
Pero si prescindimos de los tópicos, nos queda una historia bien contada. Tanto, que es comprensible el efecto que pudo causar sobre el público al que iba destinado. Fervor por la causa aliada, empatía por los desvividos soldados que, sin agua ni alimento y motivados por una causa humanitaria y de libertad verborreica, nos liberan del todopoderoso eje del mal. ¿No es comprensible también que el discurso nacionalista haya causado tanta mella en una sociedad quejumbrosa? Ayer los vascos y mañana los catalanes son convencidos de las bondades de una política liberadora del yugo estatal -otro nacionalismo de mayor envergadura-. Es una película, la de los políticos con sus fronteras, sus competencias, sus dominios. Y entiendo que haya quien vea en ella una obra importante. Pero para mí, es un guión flojo, es una historia aburrida, está llena de tópicos. Qué poquito me atraen los separatismos y unionismos confederados, qué soeces las conquistas del punto estratégico que, más allá de la batalla, son sólo una colina dispensable, un puerto de marineros...




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